El cuarto oscuro de la victoria

Daniel García Rey

(Todo lo relatado a continuación ocurrió realmente… o pudo ocurrir)

5 de diciembre del 1942, Manzanar, California.

Campo de concentración estadounidense.

…7,8,9,10. ¡Ya voy! -El chico comenzó buscando en los baños comunes, siguió por los barracones, bajo las literas, en el patio principal, pero nada, no tuvo suerte. Finalmente desistió de buscar a su hermana mayor, su madre siempre le decía “Kibo nunca tienes paciencia para nada”, algo que su hermana le recordaba con frecuencia. Pero todo eso a él no le importaba, siempre había sido un chico muy inquieto, es más, había decidido que al cumplir la mayoría de edad viajaría por todo el mundo como su ídolo, el gran Livingstone.

  • ¡Kibo! Ven aquí ahora mismo. ¿Cuántas veces te he dicho que éstas no son horas de salir? Con el frío que hace vas a acabar cogiendo un constipado.
  • Jo mamá, me aburro -replicó Kibo-. Además, tengo que buscar a Kira, todavía no la he encontrado.
  • Me da igual, ya me encargaré yo de tu hermana, tú ve adentro que ya es casi la hora de cenar.
  • Vale, pero me dejas ir aunque sea un momentito a ver a…
  • ¡Kibo! Te he dicho que no.
  • Jo…

Kibo odiaba aquel sitio, desde que marcharon de su antigua casa, no soportaba la cantidad de normas que les obligaban a cumplir por algo que entraba en la lista de su madre de: “cosas que ya entenderás cuando seas mayor”. Últimamente todo parecía estar en aquella dichosa lista. Mientras divagaba sobre todo esto, entró en el barracón, se cambió la ropa por unos monos con un número cosido en el pecho que les habían “regalado” al entrar allí.

A Kibo le gustaba su número porque se podía escribir del derecho y del revés,

el 03430. En el colegio le habían dicho que se llamaba “palmidrono” o algo así. El chico que se lo había dado se llamaba Álex, a Kibo le caía muy bien,

era joven, educado y siempre estaba sonriendo. Lo que más le gustaba era el arma que siempre llevaba consigo. Cuando su madre no estaba cerca, le dejaba tocarla y le había prometido que algún día le dejaría probarla. Pero no todos eran como él, desde luego que no. La madre de Kibo había tenido un montón de discusiones con los jefes de Álex por una de esas cosas que estaban en esa dichosa lista. El que más miedo le daba era un hombre grande con barba blanca que solamente aparecía por allí cuando había alguna pelea en el patio con otros chicos con uniformes. Kibo siempre se había preguntado a dónde los llevarían después de las peleas porque si aparecía el hombre de la barba blanca, no los volvía a ver. Eso había pasado hacía unos meses con su padre que tras gritarle a uno de los uniformados “¡No tenéis derecho, todo el mundo sabrá lo que hacéis con nuestra carne!” se lo había llevado con otros tres hombres en un coche. Su madre les

contó que lo habían llevado de vuelta a casa. A Kibo le gustaba la ensalada, quién sabe lo que significaba aquello.

Salió ya vestido de su barracón y entró en el comedor, cogió una bandeja con su cena y se sentó en una de las mesas a la espera de su madre y su hermana.

Mientras esperaba, oyó a unos hombres discutir, volteó la cabeza y vio a por lo menos 30 personas levantadas alrededor de una mesa, uno de ellos estaba señalando un gran letrero que rezaba “Manzanar Campo de reubicación #01 de los Estados Unidos de América”. Absorto por el panorama allí presente, el cual prometía una pequeña trifulca, no se dio cuenta de que su familia había llegado.

  • Kibo, ¿qué haces?
  • Nada mamá -contestó el niño a la vez que se daba la vuelta.

Cenaron sin pronunciar una sola palabra, cada uno tenía suficiente de lo que preocuparse. Al acabar de cenar, se dirigieron a los barracones, se cambiaron de nuevo la ropa y se acostaron en las literas.

Tres horas más tarde, se oyó un estruendo que acabó por despertarles. Se levantaron al instante y unos segundos después se oyeron gritos, muchos gritos y llantos por todos los lados.

  • ¡Mamá! ¿Qué ha sido eso? -preguntó Kira asustada.
  • No lo sé, quedaos aquí, voy a echar un vistazo -respondió la madre.

Aterrada por lo que podría estar ocurriendo, con las manos y la frente sudadas, se dispuso a salir del barracón junto a otras mujeres. Al salir se llevó las manos a la cabeza y su cara se tornó pálida, aquello que temía desde hacía ya un tiempo estaba ocurriendo, alrededor de un cuarto de los japoneses estaban agrupados en el centro de la plaza apaleando a militares estadounidenses mientras que otros uniformados perseguían a los amotinados, allí solo reinaba el caos. Kibo asustado se escondió bajo la cama y Kira salió del barracón al encuentro de su madre.

  • Kira, qué haces aquí, vuelve dentro, ¡ya! -gritó con los ojos llorosos.
  • Mamá, ¿qué está pasando? ¿qué es todo esto?
  • Kira, ¡Vete!

Entró de nuevo en el barracón, pero cuando su madre se dio la vuelta y se dirigió al centro de la plaza corriendo, ella volvió a salir. En ese mismo instante se oyó un disparo.

A Kira le dolía el pecho, le dolía mucho, se miró el estómago, había mucha sangre, la bala le había atravesado completamente el bazo. Poco después cayó al suelo, inmóvil. La madre de Kira se giró rápidamente y tras ver lo que acababa de ocurrir, gritó:

  • ¡Kira!

Gritó tan alto como nunca lo había hecho, pero era un grito sordo, perdido entre los cientos de ellos que había en aquel momento. Corrió a por el infeliz que había apretado el gatillo, pero éste, disparó de nuevo. Esta vez había sido un tiro limpio, perforó su cabeza por completo, de un lado a otro. Unos japoneses que habían presenciado la escena comenzaron a perseguir al tirador, rabiosos, cegados por la sed de venganza.

Kibo seguía escondido bajo la litera. Asustado, perdido. De repente, se oyó una voz en el otro extremo del barracón, era Álex.

  • ¡Kibo! ¡Kibo! ¿Estás aquí? -preguntó-. ¡Tienes que salir de aquí ahora mismo! Kibo salió agazapado de la cama y corrió hacia Álex.
  • Álex, ¿qué  está  pasando, tengo miedo? ¿dónde está mi madre? ¿y mi  hermana?

-preguntó sollozando.

  • Kibo, tienes que hacerme caso, no tenemos mucho tiempo y tienes que salir de aquí inmediatamente. Están pasando muchas cosas, cosas malas y tienes que marcharte para que no te hagan daño, ¿comprendes?

Kibo asintió y salió al patio con Álex. Entre gritos y disparos consiguieron cruzar el patio principal, pero cuando estaban a punto de llegar a la salida, un vehículo blindado aparcó en la entrada del campo. Unos hombres bajaron del coche, armados hasta los dientes con armas automáticas y rifles de asalto, más grandes que el que tenía Álex. Cruzaron la cerca y corrieron en dirección a la plaza principal, pero antes de llegar, cerca de cuarenta nipones les cortaron el paso. Varios de ellos estaban armados con armas robadas a los militares y cócteles molotov caseros preparados para ser lanzados. El hombre de la barba blanca llamó a Álex y le dijo que se acercara a ayudarles.

  • Kibo tienes  que  escapar  de  aquí,  esto  se  va  a  poner  feo,  sal  y  no  mires  atrás,

¿entendido?

Asintió de nuevo. Álex marchó con el grupo y cuando Kibo se disponía a correr en dirección a la salida, el grupo de japoneses furiosos se abalanzó sobre los militares. Se oyeron disparos y mientras el ejército disparaba a sangre fría como si de ratas se tratasen, más japoneses se unieron a la confrontación.

  • ¡Kibo, corre! ¡Ahora!

El chico corrió tan rápido como se lo permitieron sus temblorosas piernas y al cruzar la cerca volteó la cabeza, aquello era un infierno; algunos barracones se encontraban en llamas, decenas de cuerpos yacían inmóviles en polvoriento suelo, se oían gritos y lamentos por todos los lados… Kibo intentó encontrar a Álex con la mirada, pero cuando lo hizo, deseó no haberse dado nunca la vuelta. Un japonés estaba sujetando el cuerpo de su amigo al tiempo que lo degollaba con un cuchillo de cocina. Kibo se dio la vuelta y siguió corriendo hasta que los gritos cesaron por completo.

De repente notó un golpe seco en la nuca pero no le dolía. Su madre le abrazó, y su hermana y su padre corrieron hacia él. Por fin, ya estaba en casa.