SE LA LLEVARON

Gabriel Irezabal Zorroza

Allí estaba, una vez más, a punto de hacerlo, con las piernas sumergidas en el agua que ya estaba fría de tanto pensar pero no actuar, de tanto esperar pero no hacer, de tanto querer pero no poder. ¿De tanto querer?, ¿estaba segura de que era eso lo que quería?, ¿acaso no era ese el momento que le aportaría la paz que tanto añoraba? Tanto tiempo pensándolo, tantas veces fantaseando con ese preciso instante que indudablemente le daría todo lo que siempre había necesitado pero de lo que nunca había podido disfrutar y sin embargo, por un segundo pensó no tenerlo tan claro. El dudar le produjo una fugaz sensación de inquietud, ¿y si no era esa la manera?, pero esta fue interrumpida por el sonido de una gota al caer al agua suavemente. Hasta ese momento el grifo parecía haber estado bien cerrado, sin embargo, lo que parecía haber sido nada más que una extraordinaria arritmia en el inexistente pulso del caer de las gotas, señal de que el tiempo aún transcurría con normalidad dentro de aquel baño de embaldosado amarillento, había dado paso a un leve pero constante goteo, cuya melodía quedaba amortiguada por el insoportable ruido del silencio que reinaba en la habitación desde que se encontró inmóvil en la bañera. Sabía lo que pasaría, eran tantas las veces que lo había intentado que conocía perfectamente como acabaría la historia. Era injusto, ella estaba en su derecho a hacerlo, había aguantado mucho más de lo que nadie debería, y ella tenía la posibilidad de ponerle fin. Sin embargo, no lo hacía, no era capaz de hacerlo. Pero no era su incapacidad para llevarlo a cabo lo que más la desconcertaba, era la falta de control sobre sí misma la que, una vez más, la convertía en una inútil.

La decisión ya estaba tomada desde hacía mucho tiempo, desde la vez en la que se encontró inmóvil en las gélidas baldosas de la cocina, divididas por un río escarlata que nacía en el marco de la puerta y discurría por entre los descoloridosazulejos para desembocar en el mar rojo que rodeaba su cabeza. Aquella vez ni siquiera pudo levantarse, aquella vez se sintió muerta en vida, aquella vez lo escucho decir: “Nunca te habían dado lo que de verdad mereces, ¿eh?”. La verdad era que no, nunca le habían dado lo que de verdad merecía, sin embargo, tenía claro que era muy distinto a lo que acababa de recibir. Ella lo había dado todo por los demás, ignorando en ocasiones sus propios sentimientos, y lo seguiría haciendo, porque ella era así, una mujer cariñosa y entregada que se preocupaba más por el bienestar de los suyos que por el propio, pero también era introvertida y reservada, que solo abría su corazón a quienes realmente lo merecían, aunque estaba claro que en ocasiones su instinto fallaba. Con él había fallado, oh Dios si había fallado, se trataba de nada más y nada menos que de la mayor equivocación de su vida. Pero ¿cómo iba a haberlo sabido? ¿por qué iba a haber pensado que lo que en un principio parecía el más dulce de los sueños iba a convertirse en una recurrente pesadilla? Era imposible, de hecho, ella era la única que sabía lo que estaba pasando. Con los años había desarrollado unas dotes dramáticas dignas de ser vistas en la gran pantalla; era tal su ingenio para inventar detalles que incluso él se encontraba incómodo al escucharla. En la falsa vida que proyectaba al mundo exterior no había pieza que no encajara, sus mentiras se entrelazaban a la perfección abrazándose las unas a las otras para crear aquella perfecta obra fruto del fingimiento. Mientras tanto el agua seguía cayendo, elevándose lentamente por su cuerpo. Lo que antes era un pequeño estanque cristalino y transparente, sincero y honesto, puro y verdadero, se había convertido en un charco de agua estancada de color grisáceo, que caía sin hacer el menor sonido creando una fina columna sobre la que se apoyaba el grifo. No le importó, de hecho estaba tan ensimismada en sus pensamientos que ni se dio cuenta.

Creía que no lo odiaba. Después de todo lo que le había hecho, después de todas las marcas, heridas y cicatrices que había tenido que vestir en su rostro todos los días gracias a él, no lo odiaba, lo que la hacía odiarse a sí misma. Él era un hombre perdido, más que ella incluso, que evidentemente necesitaba ayuda, que no era consciente de lo que hacía, o al menos eso creía. Pero aquello no era una justificación, debería odiarlo, no podía ser tan difícil, con tan solo recordar la sensación del impacto de su puño de hierro contra sus costillas y sentir cómo estas se resquebrajaban dividiéndose en miles de astillas que se clavaban en su costado una sensación de odio justificado debería brotar en ella; sin embargo, no lo hacía. Se encontraba atrapada en un pozo tan profundo que por mucho que gritara, por mucho que alzase la voz en busca de auxilio, nadie la escucharía. En algún arrebato de rebeldía ya había enviado alguna señal de lo que estaba sucediendo al mundo exterior, o al menos eso pensaba, ya que no parecía ser recibida por nadie. Por tanto se hallaba sola, completamente sola, ante aquel lobo disfrazado de corderito que tenía por costumbre desfogar sus frustraciones a base de palizas a su amada. El dolor era tan insoportable que ya no podía más, ya no podía aguantar una vida llena de magulladuras de las que nunca se podría librar. Por eso esta era la manera más fácil, no, la más fácil no, la única manera. ¿Por qué demonios no era capaz de hacerlo? Sabía que de una forma u otra acabaría haciéndolo, y allí estaba ella, sola, con los ojos apuntando hacia el grifo pero mirando hacia adentro, en una bañera de agua turbia que ya se encontraba a punto de cubrirle el pecho, y con un par de cuchillas sedientas al borde de la bañera que tan solo le costaron 8,59 en la ferretería de siempre. 8,59, ese era el precio de acabar con todo.

El agua le llegaba por el cuello, tantas veces ya, tanto dolor innecesario… De pronto lo tuvo claro, todas sus dudas se disiparon y se sintió decidida a hacer lo que tanto tiempo llevaba planeando. Lentamente pero con convicción tomó una de las cuchillas. Al cogerla sintió el frío metálico entre sus dedos, que le hizo darse cuenta de que llevaba un rato helada. De pronto pensó en sus padres. ¿Qué sería de ellos? Visualizó a su madre, con el rostro enrojecido de tanto llorar y escuálido por llevar días sin comer. A su lado estaba su padre, buscando la manera de consolarla, sabiendo perfectamente que en realidad no la había. Se obligó a borrar aquella imagen de su cabeza y pensar en por qué iba a hacerlo, en todas las formas de las que había intentado huir de aquella situación sin hallar la correcta, en el dolor insoportable cada mañana, en el desprecio con el que él la miraba cada vez que su cara mostraba el mínimo signo de dolor al tocarse las heridas más recientes, en el infierno que le estaba tocando vivir, en sus inexistentes ganas de vivir. Casi sin darse cuenta se encontró con la cuchilla atravesándole de forma vertical el antebrazo izquierdo, del que ahora nacía una cascada del rojo más intenso que había visto nunca; lo estaba haciendo.

En el preciso instante en el que la sangre comenzó a brotar, el agua del grifo, que ahora era tan turbia que no se distinguía la forma de su cuerpo dentro de la bañera, comenzó a salir de forma tan intensa que el grifo parecía estar al borde del estallido. El agua salía de la bañera como una fuga en una presa; aún así, ella, ignorando el punzante dolor de su brazo izquierdo, el más intenso que había sentido nunca, agarró a la culpable de que poco a poco estuviera palideciendo y procedió a repetir el mismo gesto en su brazo derecho. Una vez lo hizo, el grifo estalló. El baño se estaba sumergiendo en un mar granate en el que, sin darse cuenta, se encontraba flotando a la deriva. Dios mío, pero ¿por qué lo había hecho? Sabía perfectamente el por qué, pero aún así ¿por qué demonios lo había hecho? Él no había supuesto su fin, era ella misma la que estaba acabando con su vida. Poco a poco se había ido desangrando, lo que la había dejado sin fuerzas, pero sí con las suficientes para poder llorar, llorar a chorros, llorar a mares, llorar hasta deshidratarse, llorar hasta morir. El nivel del agua superaba ya el dintel de la puerta, estando a punto de cubrir la sala al completo. “Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir” era el único pensamiento que pasaba en su cabeza en esos momentos, lo que la hizo darse cuenta de que era real, estaba pasando. Tanto tiempo esperando, tanto tiempo aguantando, y cuando por fin se armó del valor suficiente para hacerlo se dio cuenta de que no era eso lo que buscaba, no era esa la solución. El agua ya había dado contra el techo, lo que significaba que en breves instantes se estaría ahogando. Como pudo, se acercó nadando a la puerta para dejar escapar el agua y salir del baño como un pez moribundo empujado por el agua de su pecera que acaba de estallar. Sin embargo, no pudo abrirla, y el agobio comenzó a acumulársele en la garganta. Se giró para intentar dirigirse hacia la ventana, y al hacerlo observó el tapón de la bañera, pero mucho más grande, en el centro de la habitación. Con las últimas fuerzas que le quedaban se sumergió más profundo en el agua para alcanzar el tapón que secaría aquel mar en el que se había convertido el cuarto y acabaría con su agonía. Este se soltó con facilidad y un enorme remolino rojizo comenzó a engullir el agua creando una capa de aire en la parte superior de la habitación. Trató de subir para conseguir el oxígeno que a gritos le pedían sus pulmones, pero el remolino estaba tirando con fuerza. No iba a poder, la fuerza del agua se la estaba llevando, se la estaba llevando.

Y se la llevó. Se la llevaron. El miedo, el dolor, la soledad, la amargura, la ausencia y el abandono se la llevaron, se la acabaron llevando.

“El suicidio es la peor especie de asesinato, porque no deja lugar al arrepentimiento.” John Churton Collins