TODO LO QUE SUCEDIÓ AQUELLA NOCHE

María Merino

PARTE 1

10 de marzo de 1998

Nunca se me olvidará aquel sonido de las sirenas de un coche de policía, de agentes interrogando, de charcos de lágrimas y de sangre y junto a ello, un cuerpo tendido en el suelo, tenía marcas de atropellamiento y una puñalada en el lateral derecho del tronco. Nadie, o por lo menos que yo tenga constancia había visto a Nuria Núñez separarse del grupo, nadie sabía que había sido de ella y nadie había escuchado ningún grito ni ningún coche.

Concretamente eran las diez y media de la noche, éramos un grupo de chicos y chicas de dieciséis años, ya había anochecido, nos encontrábamos junto al parque extenso y a varios metros se encontraba una explanada y una carretera poco transitada por la que solo veíamos pasar al ganadero del pueblo vecino con sus dos borricos y su carro. Todos y cada uno de nosotros nos encontrábamos sentados formando un círculo, imposible que se fuese nadie sin que lo viese.

Sábado diez de marzo, seis y media de la tarde, nos encontrábamos en casa de Júlia Roca preparándonos para ir al punto de encuentro, donde siempre nos reuníamos y ya llegábamos con retraso, el resto ya nos estaría esperando; como de costumbre éramos las últimas. Hacía frío, pero por suerte no llovió, odiábamos los días de lluvia, pero todo no se puede controlar y al caer unas gotitas de la jarra del balcón de doña Dolores pensamos que ya tendríamos el día en nuestra contra.

Estuvimos un largo rato hablando, muchos se fueron a casa antes de las diez, fueron criticados por marcharse antes del tiempo previsto, pero no saben lo que se ahorraron, el simple hecho de coger tu bolsa, tu chaqueta e irte podía cambiar tu vida, qué más da la opinión de los demás, qué importante es lo que ven tus ojos en el mundo real. Posteriormente se enteraron viendo el telediario, poco a poco se fue formando un gran cúmulo de gente alrededor del cuerpo, el recinto estaba precintado por una tira de policía que ninguno pensó que iba a ver en un caso así.

Norman, cogió la bicicleta en cuanto se enteró de la noticia y aquella frase tan tonta de los chicos no lloran rebotó en su frente y en sus ojos, doliéndole tanto que no puedo parar de desprender gotas gigantes. Alicia Salas, con quién había tenido una discusión hace unas horas, salió llorando del portal y a pesar de tener frecuentes ataques de asma no pudo parar de correr hasta llegar a la explanada cerca del parque. Así ocurrió con cada uno de los habitantes del municipio.

Todos los chicos del instituto, todos los profesores, todas las familias, todo el pueblo, concentrado y pensar que la muerte de una simple chica iba a causar tanto revuelo.

Eran las diez menos cuarto de la noche cuando dijeron que una persona se había ido del grupo, supusieron que era la chica del asesinato y así fue, desanimada al regresar, pálida y no paraba de mirar a los lados, tras unos cuantos minutos se volvió a ir, de nuevo sola pero no regresó. Nadie se percató de su ausencia hasta que el grito desesperado de unos señores les hizo darse cuenta de quien faltaba, quien no había regresado y quien había estado pensativo y a la vez asustado, todos pensaron que era un simple desmayo, que  podía ser un golpe al haber poca visibilidad, cuando el hombre destapó la zona de la costilla y la chaqueta que estaba encima del brazo y se vio una profunda herida y un brazo roto completamente, esta vez el desmayo lo sufrieron otros. Ya nadie sabía que ropa llevaba, si está vez tenía alguna mecha, si se había puesto sus tres pendientes característicos, nadie recordaba nada, nadie asumía su muerte, nadie lloraba, todos estaban presentes junto al cuerpo.

No se encontraron armas, ni ninguna huella, nada quedaba en aquella escena, solo una dulce persona de un metro setenta, de cabello rubio, de tez pálida, con los labios pintados de rosa pálido, las uñas esmaltadas con un ligero color rosa, las manos de pianista, los tres pendientes en la oreja, esta vez ninguna mecha, una profunda herida, el brazo destrozado.

Todo cuadraba, era ella, se barajaron hipótesis: un posible corte con una rama, pero no dejaría ese aspecto de corte perfecto y las marcas de atropellamiento no encajaban allí. Se pensó que todo podía ser algo planeado, pero decían que no era ese tipo de chica y que le iban bien las cosas. El resultado de la autopsia dio a entender que eran marcas de atropellamiento en las que quedaban restos de gasolina, es decir, hace poco tiempo que había pasado por una estación de servicio el coche del presunto o los presuntos asesinos, que el corte se hizo con un gran cuchillo que podría estar en esa zona, la peinaron, nada, todo en orden.

Pero la verdadera historia fue que solo quería dar un paseo, le aburría estar hablando siempre de lo mismo, que si la entrada a la universidad, que si donde vivirían cuando terminasen el colegio… al llamar a Kira Adamsen, una chica danesa con la que practicaba su idioma esta se negó, se arrepintió siempre, no quedó otra que ir sola a dar un paseo, tampoco estaba tan mal, sentarse en un banco y dejar al tiempo irse sin ella, no era tan mala idea, siempre que algún día aquel tiempo perdido lo recuperase. Tras un largo rato pensando, un grupo de personas se encontraban acorralando a una joven de su misma edad, la chica parecía muy indefensa y aterrorizada ante las amenazas de los jóvenes, se dice que Nuria respondió, pero se limitó a mirar, completamente embobada y asustada a la vez, la invadía el miedo, uno de ellos se giró, el más alto y aparentemente el líder del grupo, la amenazaron y tuvo que volver a la hora indicada. Regresó con sus amigos, pero antes hizo una promesa: no diría nada a sus compañeros, no avisaría a nadie, no lloraría, no mostraría ningún gesto de temor, debía regresar a esa hora: las diez menos diez. Cuando volvió la otra joven no estaba, por un momento la chica del asesinato, como todos la conocen, sintió ser el espejo de la otra chica, Aurora, físicamente no se parecían, pero eso no importaba, se paró un momento a pensar y supo que nunca recuperaría el tiempo perdido en aquel banco, pero sin embargo le dio su tiempo a otra joven, aquella chica morena, un poco más baja que ella, fuerte, de tez pálida y ojos verdes… los ojos, como se veía el miedo, como se dibujaba la palabra ayuda en ellos. A la hora acordada sabía que nada bueno iba a pasar, no había ni un mínimo ni un máximo de temor, sabía que no había limites, que aquella chica había escapado, que había dado la vida por Aurora, sabía que iba a morir, pero que iba a luchar hasta que le hiciesen una incisura en la piel, que todo importaba pero a la vez nada importaba, y pensaba, pensaba como en el banco, nada se pasaba por la cabeza aparentemente, pero en ese momento todo estaba reunido, y no podía verlo. Piso firme pero las pisadas reflejaban una inseguridad enorme. Unos minutos más tarde, cuando la oscuridad invadía la explanada, aquella que cada noche solo era iluminada por una farola vieja que se limitaba a ocupar espacio, se dibujaban unas figuras más oscuras delante de ella, otras estaban dentro de un coche, esperándola, cuando repentinamente un joven cuya apariencia según Aurora no estaba bien definida, ya que había poca visibilidad, se abalanzó sobre la joven queriendo llevarla pero ella se resistió, tras varios forcejeos, arañazos, lloros… el chico sacó un arma que con la intención de intimidarla, sin embargo acabó apuñalándola brutalmente en la costilla dejándola con un dolor inmenso, insoportable y dándose a la fuga en un coche que pasó por encima de su brazo, quedando prácticamente irreparable, tuvo apenas siete minutos de vida, de dolor, pero le quitaron las fuerzas antes.

Pero qué más da, esto es solamente el relato de mi muerte.

PARTE 2

10 de marzo de 1998

Las diez menos diez, las diez menos diez… pasaron meses hasta que pude quitarme aquella hora de la cabeza, no pasaron meses, pasaron años. Cada domingo cuando Felipe, uno de los vecinos del pueblo, abría el cementerio pasaba a verla. Nuria… cuanto tiempo ha pasado sin ella, cuatro años, parece mentira que se fuera tan pronto. Siempre que voy a la universidad me acuerdo de ella, cada vez que voy a una floristería me acuerdo de ella, es horrible… no me refiero a Nuria, me refiero a aquel suceso. Puede que esto no llegue a ninguna parte, pero prefiero no revelar mi identidad por si acaso; tengo que desahogarme. Me acuerdo de todo, de sus mejillas sonrosadas, de sus pecas… de todo, me encantaba hablar con ella, sabía que quería un tatuaje, una rama en el tobillo, yo la llevo en la muñeca, en su honor, porque se lo merece.

Esta vez pasaré a hacer una descripción profunda de ella. Para empezar, era rubia, y su pelo olía a jazmín y se movía al son del curso del río, tenía unas pocas pecas y las mejillas muy sonrojadas, era muy pálida pero los labios los tenía muy oscuros, sus ojos eran preciosos, claros… y se expresaba con ellos, podía decirte todo, bastaba prestar atención a sus dos pequeños mares cristalinos.

Ella aspiraba a ser astrónoma, así que siempre había alguna excusa para escaparse al planetario de Madrid y dejarse llevar, pero lo que más le gustaba era mirar a las estrellas las noches de verano. Aquella época del año era maravillosa, nadie se iba del pueblo, venían nuevos; nueva gente, nuevas oportunidades… andábamos todo el día en bicicleta, hasta el parque, aquella zona era llamada la frontera, y nunca íbamos más allá de la explanada, era nuestro límite.

Como mencioné cada domingo voy a visitarla con un ramo de flores, siempre son las mismas, de la misma tienda: Floristería Domínguez, unos jazmines.

Ahora mismo me encuentro yendo hacia el banco, aquel banco donde pasamos las tardes comiendo pipas sentados, ese banco de hierro pintado de verde en el que ponía ayuntamiento de Burgos y que ya estaba viejo y un poco oxidado a la vez que descascarillado.

Ya anochecía, llevaba cuaderno en mano con un portaminas que ya no daba más de sí. Me senté, la recordé y solo pude oír unas palabras, frases que siempre decía, muletillas, esa era la palabra. Terminé de escribir sobre su muerte, cada vez que escribía una palabra había más razones para llorar, cosa que favorecería al oxido del banco y al degradado de la pintura, noté una suave caricia en el hombro y como se levantaba el viento y escuché:

-Pero qué más da esto es solamente el relato de mi muerte.

Unos segundos después, leí la última frase de mi cuaderno en la cual ponía, pero qué más da esto es solamente el relato de su muerte.

La voz que oí era una voz suave y a la vez rota que te atravesaba y te dejaba frío, una voz que recordaba, una voz que anhelaba. Pero, me di cuenta de que, no me angustiaba la hora, no me angustiaba recordarla, las lágrimas no eran de pena, las lágrimas se producían porque alguien que se había manchado las manos de sangre, de su sangre, no merecía escribir sobre su muerte, hablar con ella, sentarse en su banco… y seguir libre, porque no se había encontrado ningún sospechoso. Yo odiaba a Norman, aquel chico que se hacia el duro, el mejor amigo de Nuria, yo no era nada para ella, yo… yo… ¡la quería! Las diez menos diez del 10 de marzo de 1994 fecha en la que Nuria nos dejó, cuatro años después, en la explanada, lejos del parque. Aun no se habían encontrado culpables, lo que no sabían es que el responsable de todo estaba en aquel banco.