UN SENTIMIENTO RELATADO

Merche Ochandiano Corcóstegui

Opresión

“¡Mierda! No, no, no. No entro, no quepo, no puedo estar aquí, es demasiado pequeño. Necesito que se rompa, que las juntas cedan, necesito salir por cualquier resquicio, porque aquí, mi propio poder rebota en mi contra, me deslumbra. Empuja, empuja, empuja, eso era lo que me repetía a mí misma, y entonces cuando se rompe me siento vacía y pequeña. La razón de esto es que he pasado a una estancia mucho más grande que yo, entonces como no consigo llegar a todos los resquicios me siento frágil y delicada. Tras eso decido hacerme más grande, fuerte e irrumpir en todos lados, pero cuanto más grande me hago, empiezo a notar que las paredes me oprimen más, más y más, y comprendo que si sigo por este camino me volverá a pasar lo mismo que en el anterior cubículo. Y aunque mi mente diga que no, decido dejar escapar una parte de mí misma con cada ser que salga de aquí después de entrar, para conocer nuevas experiencias a través de esos seres. En uno de estos cambios, uno de los seres me nombra, “luz” y todo mi cuerpo se estremece.”

Merche Ochandiano

Este texto de Merche Ochandiano es una forma sencilla de expresar más o menos lo que siento, sin tener que afrontarlo directamente. Perdón, aún no me he presentado, soy Iriel y tengo 14 años, y por lo que a mí respecta menos luz, que es lo que significa mi nombre, me considero de todo. Me considero rara, extraña pero no especial, y es que a ojos de todos mis compañeros soy la típica friki, que no merece la pena y que siempre está en la luna de Valencia. Y puede que sea así, pero a mis ojos, soy una chica que no se siente a gusto, ni con su cuerpo, ni con su forma de ser, ni con la realidad que está viviendo, en resumen, no se siente a gusto en su pequeño cubículo.

Mi inconveniente es que todavía no soy lo suficientemente fuerte para romperlo, y necesito hacerlo. Necesito encontrar algo que me haga sentir bien, lo justo y necesario, pero necesito algo. Y de repente, sin previo aviso una idea en forma de rayo atraviesa mi corteza cerebral. Y a medida que esa idea va cogiendo forma, más fe tengo en ella. “Quizá, si encuentro la manera de expresar mis ideas, de la misma forma que lo hacen otras personas como Merche Ochandiano con sus microrrelatos, consiga aclararme y romper mi cubículo.”

Y así, con esa repentina idea, empecé a escribir y a agrietar mi cubículo. Al principio, no contaba a nadie lo que escribía por vergüenza al rechazo. Pero un día me dejé el diario sin recoger, y dio la casualidad de que un microrrelato reciente estaba intercalado entre las hojas, al ir a guardarlo, a mi madre se le cayó y al recoger la hoja le llamó la atención la primera frase, ya que lo demás no se lo dejé leer: “Mi disciplina era como mi descendencia, siempre había una regla detrás de otra”. Le sorprendió mucho, y el que me diese su apoyo, fue la gota que colmó el vaso, pero para bien. Mi cubículo se rompió en un tris tras y, súbitamente, entré en un mutuo acuerdo con mi persona: ni mi cuerpo, ni mi forma de ser, ni mi realidad eran tan desconcertantes como antes.

Había dado el paso, lo había conseguido. Ahora el dilema era que no sabía que esperar de esa nueva estancia. Me observo a mí misma, a los cambios que ya se reflejaban en mi esencia, con tan solo liberar mis ideas. Siento la gran satisfacción de haber vencido a mi yo anterior y pienso: “ Igual soy como una cebolla, igual me pelo capa a capa hasta llegar al corazón.” Pero acto seguido también reflexiono sobre que quizá no quiero llegar al fondo de forma directa, sino solamente investigar, conocer y llegar a todas mis personalidades posibles, para así también poder irrumpir en todas las personas dispuestas a conocerme, dispuestas a llegar a mí fondo. Necesitaba conocer otras realidades, otros puntos de vista, otras formas de ver la vida. Y así hice algo que nunca creí que haría, le pedí a mis padres un regalo, que al cumplir los dieciséis años me pagasen un viaje a la India, con la Fundación Vicente Ferrer.

Hasta que llegó el año, el día y la hora, estuve informándome sobre los distintos trabajos que hacía la fundación, por medio del tío abuelo de una amiga que colaboraba con ellos. Al final mis padres al ver mí ilusión por el tema vinieron conmigo. Me di cuenta de que por muy poco que me gustase mi anterior vida o muy desconcertante que fuese, nunca la valoré hasta el momento en que vi el primer pueblo que visitamos, en el suroeste de Andhra Pradesh. Aquella gente cambió la forma de verme a mí misma y la forma de ver mi vida. Nos implicamos en un proyecto que se estaba realizando allí y conseguí que mis padres apadrinasen a una niña de aquel lugar. Así podría seguir en contacto con esa realidad.

Fue una experiencia en la que descubrí no solo el corazón de la cebolla, sino también todos sus engranajes y sus mecanismos. Esto es, descubrí en todo el sentido de la palabra la capa superficial de mis sentimientos para dar paso a todo mi potencial, a todo mi gran cubículo. Y no solo eso, con cada niño que vi en la India deje escapar una parte de mí misma, dejé mi luz en cada ser. Y finalmente me dije: “Ahora sí que merezco que me llamen Luz, o mejor dicho Iriel”.