UNA HISTORIA INUSUAL DE UN AMIGO INUSUAL


Alex Moreno

Hola, mi nombre es Sergio y quiero contarte lo que me pasó hace no mucho tiempo en el colegio al que yo iba. Como todos, yo era un niño totalmente normal, con amigos y familia normales. Seguía con un ritmo de vida normal. Sin apenas sobresaltos, y ¿Qué más podría pedir?

Un día cualquiera, en el mes de septiembre, un nuevo alumno entró por la puerta de nuestra aula a primera hora de la mañana. No tuvieron que pasar más de dos segundos para que un terrible hedor invadiese nuestra aula. Su pelo, rubio, estaba desgreñado. Su ropa estaba sucia y arrugada, tenía el aspecto de no haberse lavado en años. Llevaba puestos unos zapatos tan grandes en sus pies que podrían pertenecer fácilmente al Yeti.

Parecía una persona conflictiva y agresiva, pero una sonrisa amigable me borró esa impresión. La profesora lo sentó justo a mi lado. Durante las primeras horas permaneció en un total y absoluto silencio y encogido en su sitio. Daba la impresión de ser algo tímido y poco sociable. Pero comprobé que me equivocaba al ver que durante el primer recreo se hizo amigo de dos chicos y conversaban amigablemente. No quiero parecer un niño raro, pero comprobé que a medida que conversaban le miraban de arriba a abajo y empezaban a arrugar la nariz con tal cara de asco que sin previo aviso se alejaron.

Allí quedo aquel chico cuyo nombre todavía desconocía. Sentí pena por él y me acerqué para intentar entablar una conversación. A medida que me acercaba un horrible olor me decía: “aléjate, no tienes por qué decirle nada”Dejando de lado todo pensamiento negativo sobre él me acerqué y le di unos toquecitos en el hombro para supiese que estaba ahí. En cuanto lo hice se giró muy rápidamente y me miró con una mirada de incomprendido.

Traté de entablar una conversación, y lo único que pude saber de él fue que se llamaba Andrés, cuando de repente vi a un grupo de unas doce personas que rodeaban algo en una esquina del patio. No tuvimos que decirnos nada para salir corriendo hacia aquella muchedumbre. Todos decían cosas como: “se ha caído” o “vaya torta se ha dado”. Esas son las cosas que la gente de mi edad suele decir cuando un pájaro cae a nuestro patio. Pero cuando logramos ver qué era aquello, un grito de asombro emergió de nuestras gargantas al ver a un gran azor tendido en el suelo. Digo grande, porque lo que suele aterrizar en nuestro patio apenas mide 10 cm, y eso con suerte. De repente, abriéndose paso entre la multitud, Andrés, tomando al ave entre sus brazos, se escapó y salió del recinto escolar. Todo sucedió en unos pocos segundos. Aquello si que me pilló desprevenido. No sé por qué lo hice, pero salí corriendo tras él. Un acto totalmente involuntario. Creo que no se percató de mi presencia hasta que se detuvo delante de la puerta de un garaje abandonado en un barrio del cual nunca escuché hablar. Me invitó a entrar, y cuando encendió la luz, mis ojos me mostraron una sala repleta de aves de todo tipo: gorriones, mirlos, búhos y lo que me pareció un diminuto halcón.

Los techos y paredes estaban decorados con todo tipo de nidos, que variaban en tamaño y forma. Como a mí también me encantaban las aves, aquello fue como entrar en el paraíso. Cuando mis ojos me devolvieron a la realidad, vi como Andrés depositaba con sumo cuidado a aquel azor en una caja grande y lo dejaba en un lado seguro de la mesa en donde más aves parecían haber anidado.

Todas aquellas maravillas de plumas de todo tipo me miraban de forma curiosa sin emprender el vuelo, mientras que ignoraban a Andrés como si lo conociesen de toda una vida. Cuando terminó de hacer algo con aquella ave, algo que no llegué a ver, se dirigió hacia mí y me dijo que no podía decirle a nadie que este lugar existía. Aquello me pareció totalmente normal, ya que cualquier persona medianamente razonable habría avisado a las autoridades y aquel bonito, pero algo sucio lugar habría llegado a su fin.

Estuvimos largo rato hablando, y él, mostrándome a aquellos animales y el cómo habían llegado hasta allí. Empezaba a preguntarme cuánto tiempo llevaría en aquel lugar, cuando la puerta de aquel garaje abandonado se abrió y un hombre de mediana edad entró. Pensé que era una persona, que al escuchar las voces podría haber pensado que allí se ocultaban unos ladrones. Pronto imaginé que aquel hombre sería su padre, y que habría bajado para ver como estaba su hijo. No estuve del todo seguro si sería así, pero cuando nos presentamos él se identificó como su tío.

 No tenía muy claro el por qué Andrés vivía con su tío, pero compartían algunas similitudes como: un pelo rubio y sucio, una camiseta vieja y sudorosa, unos pantalones en un estado parecido al de la camiseta y lo que parecían ser unos zapatos algo pequeños para él, porque a cada paso que daba se quejaba un poco. Me ofreció algo de dinero para volver a mi casa, lo que me dio a entender que no tenía coche.

Mientras volvía a casa me quedé cavilando y preguntándome a mí mismo si la familia de Andrés sería pobre. Cuando regresé a mi casa, mi madre me preguntó el porqué de mi tardanza. Le dije que había estado con unos amigos haciendo un trabajo y que se nos había hecho muy tarde. Me fui a la cama muy confuso y pensativo. El tío de Andrés parecía querer un buen futuro para su sobrino. Un gesto muy noble por su parte.

A la mañana siguiente, Andrés regresó al colegio con una expresión de victoria en su rostro. Pronto empezaron a correr rumores como: “Andrés está loco” o “Es de la protectora de animales” o incluso llegó a mis oídos que algunos pensaban que Andrés era tan pobre que se llevó a aquel azor para comérselo. Unas majaderías tan grandes como una casa.

Todos los días me dirigía al garaje y allí ayudaba a Andrés en todo lo que podía, pero he de admitir que iba allí sobre todo para observar a aquellas maravillosas aves. Un día que Andrés estaba enfermo, su tío me explicó una muy triste historia que sucedió con los padres de Andrés: Sus padres, trabajaban en una fábrica en la cual un día una de las maquinas explotó, provocando un incendio que mató a siete personas en total entre ellas los padres de Andrés.  Su tío tuvo que aceptar su custodia al no haber otro familiar aún vivo. Por desgracia, su tío estaba en el paro y no pudo darle a Andrés la vida que se merecía según él, pero estaba buscando actualmente un trabajo.

Mis visitas a su garaje ya se convirtieron en una costumbre hasta que un día dejé de verle. Supuse que se había puesto enfermo, pero no vino ni al siguiente día, ni en los posteriores. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y lo que yo no sabía, era que nunca más lo volvería a ver. Nadie en el colegio supo la causa de su misteriosa desaparición. Nadie excepto los profesores, que no abrieron la boca para darnos explicaciones.

La misma tarde en la cual el faltó, fui a su garaje para comprobar si estaba ahí, pero no. Tampoco estaban ni él ni su tío en su casa y supuse que habían salido a hacer algún recado, pero no volvieron…

Desde que desaparecieron, yo iba todos los días a cuidar de las aves de aquel garaje que tanto me había gustado. Un día sin embargo, las aves, cansadas de esperar a quien les salvó la vida comenzaron a agitarse y salieron volando por la puerta todavía abierta. El azor fue el último en huir. Se giró y me miró por unos instantes antes de unirse a su grupo. Cuando salí y miré hacia el cielo mis ojos me brindaron la imagen de un cielo teñido de todos los colores.

Aquella noche, soñé que miraba al cielo y veía una bandada de aves que, encabezada por un azor, me traía de vuelta a mi amigo inusual, pero super especial.